Durante la adolescencia, el grupo de iguales cobra una
importancia crucial en el desarrollo del menor. Constituyen una plataforma que
permite al chico/a participar en la sociedad desde un marco novedoso. Antes, la
mayoría de la actividad social del niño/a se circunscribe al marco de la
familia. Ahora, el grupo de iguales se constituye como un espacio desconocido,
en el que pueden darse relaciones diferentes, y en el que el poder se conjuga
de otra manera: ya no va sometido a la autoridad paterno-materna.

Por otro lado, dentro de cada grupo se dan sus propias
reglas, rituales y símbolos. Puede parecer una obsesión que nuestro hijo/a
adolescente nada más que quiera calzar Vans. Sin embargo, en su pandilla es un
elemento definitorio. Es un símbolo que se asocia inconscientemente con la
pertenencia a dicho grupo. Las normas que estructuran el funcionamiento del
grupo adolescente normalmente tienen un carácter implícito (es decir, no se
definen de forma concreta y hablada). Por ejemplo: es un ritual que el grupo de
deportistas dedique el recreo a jugar al fútbol. No es obligatorio, pero es un
rito central en el dinamismo grupal. De este modo, si un adolescente
perteneciente a este grupo no quisiera jugar al fútbol en el recreo, acabaría
siendo expulsado del grupo. No comparte el ritual más importante con el resto
de chicos/as, y al final dejarían de considerarlo un miembro del grupo. Entre
otras cosas porque físicamente no estaría interactuando con ellos durante el
tiempo de ocio del recreo.
Es más fácil si entendemos cada uno de los grupos
prácticamente como una microsociedad. Probablemente cada grupo incluso tenga un
código específico para comunicarse. Así, habría que manejar vocabulario
informático, de videojuego y de cine para hablar con los “frikis” de la
historia. O, parodiándolo un poco, habría que añadir coletillas tales como
“osea”, “es lo más” y expresiones similares para ser reconocido como miembro
del grupo de las pijas.
Llegados a este punto, resulta más lógica la necesidad
imperiosa de nuestro hijo/a adolescente por pertenecer a un grupo. Éste les
viene bien para aprender a relacionarse
con iguales. Las pequeñas luchas de poder o de lealtades se configuran como los
primeros contactos con la estructura social (así, si nuestro hijo/a viene
contando su pelea con nosequién, o que tal otro/a le ha dejado de lado, puede
leerse desde esta perspectiva, en vez de una simple “pataleta de críos”).
El grupo es bueno para el desarrollo adolescente. Eso sí,
hay que elegir un grupo que favorezca el desarrollo positivo del menor. Dejar
que el chico o la chica salga y entre con los amigos es una forma de educación
importantísima para el crecimiento y el aprendizaje social. Y, en el caso del adolescente
que cuenta que está solo, hay que animarlo para que se junte con alguien.
¡Seguro que hay más chicos/as solos/as en el patio! Quizá acercarse un día al
tal Rafa, y preguntarle por el examen de la hora anterior sería un buen
elemento común desde el que empezar a construir (inconscientemente) toda una
cultura grupal…
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